LOS ESCRITORIOS PÚBLICOS

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Hace muchos años, cuando el analfabetismo en el país era de mas del 70% de la población, uno de los negocios mas prósperos para los alfabetizados que no tenían capital para emprender un negocio, eran los llamados escritorios públicos.

En estos lugares se escribían y se leían cartas; se llenaban todo tipo de documentos para trámites en oficinas de gobierno; se redactaban convenios civiles entre particulares; se llenaban pagarés y letras de cambio; inclusive, en algunas grandes ciudades, se hacían traducciones al español, tanto del inglés como del francés.
Solo bastaba tener una buena mesa de madera, algunas sillas, buenos plumones con manguillos y tinta china, papel, sobres… ¡y ya estaba! Solo era menester tener buena letra y buena ortografía por parte del escribano, así como una vista muy aguda, para poder descifrar algunas cartas que, aunque escritas en español, parecían estar escritas en lengua sánscrita.

Con el tiempo estos escritorios públicos, instalados principalmente en plazas públicas, mercados y aún en locales céntricos, se modernizaron, introduciendo las máquinas de escribir mecánicas. Uno de los lugares mas emblemáticos, en donde se llegaron a concentrar decenas de escritorios públicos, lo fue la Plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico de la CDMX.

La gente los bautizó jocosamente como “Los Evangelistas” (a lo mejor por aquello de que ellos eran los autores de “las escrituras”…) Con en tiempo algunos de estos negocios se convirtieron en pequeñas imprentas, así como en centros de falsificación de documentos oficiales (cédulas profesionales y títulos universitarios apócrifos, los mas conocidos y trístemente “famosos”).

El aumento de la alfabetización en el país, así como la irrupción de las computadoras, que nos dan la posibilidad de elaborar nosotros mismos casi cualquier tipo de documentos, han hecho que estos escritorios públicos prácticamente hallan desaparecido. Tal vez, lo mas parecido que hay ahora son los cibercafés en donde, por una módica cantidad, te ayudan a llenar formatos para trámites oficiales (casi siempre fiscales), gestionar la CURP, enviar correos electrónicos, etc.

¡Qué tiempos aquéllos, señor Don Simón!

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